El Burj Al Arab, la Vela de DUBAI

En pleno desierto, en una ciudad que hace treinta años sólo producía polvo sobre las aguas del Golfo Pérsico, hoy día se levanta el Burj Al Arab, el hotel con más espectacular del mundo.

El Burj Al Arab está fuera del estrellato, como todo lo que se ve desde sus ventanas apaisadas, o desde el inmenso restaurante mirador Al Muntaha, que parece adosado a su fina cabeza a 200 metros de altura. El edificio es tan excepcional que se ha convertido en símbolo de los Emiratos Árabes Unidos.

Un equipo de 250 diseñadores y decoradores a las órdenes de Tom Wright trabajaron para imaginar espacios, utilizar materiales lujosos e idear decoraciones opulentas. En el vestíbulo, una doble escalera mecánica está bordeada por dos altísimas paredes que son un formidable acuario. También el restaurante Al Mahara está sumergido en una gigantesca pecera.

Todos los récords han sido batidos en este edificio hasta el punto que genera cierto problema el saber, una vez en la habitación, cual es el botón que hay que apretar para subir o bajar una persiana, para encender esta o aquella lámpara, para llamar al mayordomo, para doblar la cama, para pedir champán, o bien, solicitar que cambien el color de la moqueta, seleccionar el perfume de la ducha o encender uno de los televisores.

Las habitaciones, todas ellas suites de dos pisos, las más pequeñas de 170 metros cuadrados, disponen de granito de Brasil, mármoles italianos, alfombras orientales, dorados en todas sus intensidades, rojos, azules y verdes brillantes, camas de dosel y columnas de caoba interminables, y unos baños donde los amenities son de Bulgari y la bañera de hidromasaje se desinfecta por sí sóla.

Qué decir del servicio, que emplea a tres personas por cada cliente. Hay una recepción en cada planta con mayordomo incluido, y por todas partes aparece gente frotando cromados y dorados, arrancando polvo de las alfombras y puliendo maderas.

Un capricho a permitirse el Burj Al Arab.

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